WASHINGTON – El reciente arresto de Nicolás Maduro luego de una operación liderada por Estados Unidos ha creado un escenario geopolítico fundamentalmente nuevo en América Latina. Más allá del simbolismo político, el evento puede marcar el inicio del reordenamiento estructural de la economía venezolana, especialmente en lo que respecta al sector energético, que históricamente ha sido la columna vertebral de la capacidad productiva y de los ingresos externos del país.
Después de años de colapso de la producción, falta de inversión, deterioro de la infraestructura y sanciones internacionales, cualquier apertura económica significativa en Venezuela requerirá un esfuerzo de reconstrucción a gran escala. Esto incluiría no sólo campos petroleros, refinerías e infraestructura de exportación, sino también electricidad, transporte, logística y servicios públicos básicos. La magnitud y complejidad de esta tarea sugieren que, si bien Estados Unidos será fundamental para cualquier marco de reconstrucción, necesitará socios regionales confiables con experiencia operativa, conocimiento del mercado y proximidad logística.
El papel de Colombia
En este contexto, Colombia, vecina de Venezuela, emerge como un socio potencialmente crítico a pesar de las recientes fricciones diplomáticas entre Washington y el presidente colombiano Gustavo Petro. La importancia de Colombia se basa menos en el alineamiento político y más en factores estructurales y económicos que lo colocan en una posición única para apoyar el proceso de recuperación de Venezuela. Otro ejemplo de ello es la inesperada conversación telefónica entre Petro y el presidente estadounidense, Donald Trump, que la información oficial calificó de constructiva. Según se informa, la conversación allanó el camino para la visita oficial del presidente colombiano a la Casa Blanca el 3 de febrero, donde se discutirá la recuperación económica de Venezuela y la coordinación de la seguridad transfronteriza.
En primer lugar, Colombia ha funcionado durante años como un centro regional de operaciones para empresas multinacionales con exposición histórica a Estados Unidos y Venezuela. Tras el colapso económico de Venezuela, muchas de estas empresas trasladaron su personal, activos y sedes regionales a Colombia, manteniendo un contacto limitado pero continuo con los mercados venezolanos. En un escenario de liberalización gradual, Colombia podría servir como una plataforma de bajo riesgo para el reingreso.
En segundo lugar, la proximidad geográfica y las conexiones de transporte existentes le dan a Colombia una ventaja logística natural. Estas relaciones reducen significativamente los costos de transacción del transporte de materias primas, maquinaria, equipos y personal técnico para los esfuerzos de reconstrucción, posicionando a Colombia como una economía de entrada en lugar de un competidor directo.
En tercer lugar, la estructura productiva de Colombia complementa las capacidades industriales de Estados Unidos. Su base manufacturera intermedia y su sector de servicios profesionales, que incluye procesamiento de alimentos, productos químicos, textiles, equipos eléctricos, equipos técnicos y logística, pueden integrarse en cadenas de valor binacionales o trinacionales, apoyando la recuperación de Venezuela.
Cuarto, el antiguo acuerdo de libre comercio de Colombia con Estados Unidos proporciona un marco regulatorio estable para las empresas estadounidenses que operan desde territorios colombianos. Esta seguridad jurídica reduce el riesgo de inversión y facilita la estructuración de cadenas de suministro relacionadas con proyectos en Venezuela.
Las tendencias recientes del comercio entre Colombia y Venezuela confirman esta posibilidad. A pesar de los disturbios políticos, el comercio bilateral ha experimentado un auge y las exportaciones colombianas alcanzarán los mil millones de dólares en 2024, encabezadas por alimentos y productos manufacturados. Este auge sugiere que los canales comerciales pueden expandirse rápidamente si mejoran las condiciones políticas y de seguridad.
Limitaciones y riesgos futuros
A pesar de estas ventajas, Washington tiene preocupaciones legítimas sobre la confiabilidad de Colombia como socio estratégico. Las señales de política exterior del gobierno de Petro, la dinámica política interna y la cercanía ideológica con ciertos actores venezolanos causan incertidumbre en la planificación a largo plazo.
Lo que es más importante, la seguridad fronteriza sigue siendo una limitación vinculante. La frontera entre Colombia y Venezuela se ha caracterizado durante mucho tiempo por una débil presencia estatal y las actividades de actores armados no estatales, incluidos grupos disidentes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y organizaciones criminales involucradas en el tráfico y el contrabando de drogas. Sin un desarrollo creíble del control territorial, cualquier estrategia de reconstrucción que involucre a Colombia enfrentaría mayores riesgos operativos y reputacionales.
Desde una perspectiva política estadounidense, una participación significativa de Colombia probablemente requeriría un progreso demostrable en la gestión fronteriza. Esto incluye una presencia militar y policial ampliada, un mejor intercambio de inteligencia y el despliegue de capacidades avanzadas de vigilancia y ciberseguridad, posiblemente respaldadas por la asistencia de Estados Unidos. Un control marítimo reforzado puede fortalecer aún más la confianza entre los inversores privados.
¿De qué sirve Washington?
Si se abordan estas limitaciones, una coordinación más estrecha entre Estados Unidos y Colombia podría tener importantes beneficios estratégicos:
- Reduciría las barreras a la inversión privada en la reconstrucción de Venezuela, permitiendo a empresas estadounidenses y colombianas participar en rehabilitación energética, desarrollo de infraestructura, servicios logísticos y manufactura ligera.
- Ampliaría las exportaciones estadounidenses al norte de América del Sur, particularmente en sectores de alto valor como los farmacéuticos, la tecnología, la agricultura y los servicios profesionales, fortaleciendo la influencia económica estadounidense en la región.
- Facilitaría la reactivación de las cadenas de valor regionales que históricamente vinculan a Venezuela, Colombia y el Caribe, mejorando la productividad y la resiliencia regionales en general.
La reapertura de Venezuela es una de las oportunidades más importantes en América Latina en las últimas décadas. Aprovechar esta oportunidad requiere no sólo un cambio político en Caracas, sino también una estrategia regional coordinada basada en la seguridad, la credibilidad institucional y la integración económica.

